En velero por las islas croatas

Croacia es una combinación perfecta de todo lo que me maravilla. Más allá de que mi pareja sea croata y esto pueda sesgar en parte mi juicio, es bien cierto que en este país puedes encontrar múltiples atractivos. Además de la joya medieval Dubrovnik que bien seguro conoces, ciudades como Split, Trogir o Sibenik aguardan en la costa dálmata para ofrecerte bellezas arquitectónicas que han sido declaradas patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero si esto no fuera suficiente (y créeme, lo es), los paisajes naturales croatas son pura fantasía. Los Alpes Dináricos recorren su costa extendiéndose desde Italia hasta Albania. Su relieve kárstico ha creado una variedad de cuevas, picos, cañones, cascadas y lagos en los que los y las viajeras más aventureras pueden disfrutar al máximo. Si eres una de ellas, debes conocer la “vía adriática”, el principal sendero de larga distancia croata, que serpentea a través de 1.100 km a lo largo de la parte montañosa de la costa.

A propósito de esta, sus aguas turquesas con infinitas tonalidades presentan un litoral con el que sólo se puede soñar. Pero yo vengo a hablaros concretamente de las islas, ya que he sido tan afortunada de pasar dos semanas realizando dos de sus rutas principales en velero. La costa croata tiene más de 1.000 islas, por lo que es ideal para la navegación a vela, además, en ellas puedes encontrar cientos de calas totalmente naturales y con apenas presencia humana.

En estas rutas lo habitual es zarpar cada mañana hasta una de estas islas, conocer la zona, darte un baño...  y alcanzar otra isla diferente por la tarde para pasar allí la noche. Para cenar, el patrón siempre recomienda alguno de los deliciosos restaurantes locales que te ofrecen una muestra de la mejor gastronomía croata con productos frescos. Si te interesa la gastronomía croata  e incluso quieres conocer cuáles son los restaurantes más recomendados en las islas, echa un vistazo a este artículo de Croacia a Vela.

Fotografía de Samuel Dalferth

Croacia tiene 5 rutas principales de navegación, según el puerto desde el que zarpes. Mi experiencia se basa en la ruta que empieza desde la ciudad de Pula y la que empieza desde Split. La razón que me lleva a embarcarme (nunca mejor dicho) en esta aventura es que mi pareja, Mišel, es patrón de barco y trabaja cada verano como tal haciendo cruceros semanales por las islas. Desde que nos conocemos hemos querido vivir juntos la experiencia náutica en Croacia, ya que yo adoro el mar y la navegación es su pasión. Este verano hemos podido cumplir este sueño de dos maneras diferentes, en este mapa podéis ver la ubicación de todas las islas de las que os voy a hablar, en naranja las que recorrimos la primera semana y en violeta las de la segunda.

Las dos rutas en velero 

RUTA DESDE PULA:

La primera semana fui invitada generosamente por una familia holandesa que había alquilado un velero y contratado a Mišel. Se trató de una pareja  de mediana edad con 3 hijos de entre 12 y 19 años. Éramos 7 personas en un espacioso Bavaria 56, de 17 metros de eslora. Dispusimos de un camarote doble para nosotros solos con baño privado, la comodidad en este barco fue asombrosa y, además, el tiempo acompañó toda la semana.

Nos encontramos con la familia el primer sábado de agosto por la tarde en la ACI Marina de Pula. Hicimos las compras y concretamos distintos aspectos a tener en cuenta durante la semana, principalmente la ruta que seguiríamos, aunque esta siempre varía según las condiciones meteorológicas que se presentan; cenamos en el barco y nos fuimos a dormir temprano con la ilusión de empezar el crucero al día siguiente. La ciudad de Pula, por su parte, es un tesoro de la península istriana que conserva restos del imperio romano, como uno de los anfiteatros mejor preservados del mundo. Así, es conveniente visitarla el mismo sábado durante el día, antes de embarcarnos.

Por la mañana el domingo zarpamos y navegamos desde Pula hasta Medulin, aún en la península istriana, parando a tomar un baño en el parque natural de Premantura y comiendo en el barco en una preciosa bahía. Después de comer tomamos rumbo hacia la primera isla, Unije, situada en el archipiélago de Lošinj, cuyo único pueblo visitamos y donde dormimos esa noche. La isla de Unije es en su mayor parte virgen, su costa está rodeada de bajas colinas cubiertas de árboles mediterráneos maquia y olivos, como la mayoría de las islas del norte del Adriático. La localidad de Unije es una típica aldea pesquera y agrícola con sólo 280 casas. Solamente cuenta con un restaurante y el poco turismo que tiene es eminentemente náutico, por lo que su atmósfera es muy auténtica. Una vez anclados cerca de su puerto, nos acercamos con el dingui, que será nuestro aliado durante todo el viaje, y paseamos por sus callejuelas generalmente de tierra.


El día siguiente lo pasamos navegando en los alrededores de la isla de Lošinj y nadando en sus aguas cristalinas, rumbo a la isla de Olib, donde pasamos la noche. Olib es también una localidad pequeña, durante el año no tiene más de 100 habitantes, pero está conectada con tierra firme a través de un ferry, por lo que recibe algo más de turismo que Unije durante los meses veraniegos, sobre todo descendientes de la población nativa. Como curiosidad, los coches están prohibidos en Olib, además, tampoco sería posible conducirlos por las estrechas calles. En Olib probamos una peka, comida tradicional croata que se cocina en una campana de metal cubierta con brasas. En este caso se trató de una peka de pulpo, mi preferida, y pudimos disfrutar de la misma en nuestro barco, ya que Mišel conoce a un joven natural de Olib que en verano prepara estos platos y los vende a turistas que llegan a la isla en sus barcos a la mitad de precio de lo que podría costar en un restaurante (y con la misma calidad). Si queréis contactar con él no dudéis en pedirme su número de teléfono, os hará un precio especial.

Al despertarnos la mañana siguiente ponemos rumbo a la isla vecina Silba, que ha resultado ser mi isla favorita croata y no tanto porque lleve mi nombre ;) como por sus aguas turquesas, las más turquesas que he visto nunca y, desde luego, las más turquesas de la costa croata. La isla tiene solamente 15 km2 y su única localidad acoge en verano a unas 1.000 personas. Actualmente vive del turismo, curiosamente, procedente de Croacia, y tampoco permite la circulación de vehículos a motor. En ella encontramos una gran variedad de restaurantes y algunos locales tranquilos de copas, el ambiente del pueblo es encantador. Nos gustó tanto, que decidimos pasar unos días en Silba por nuestra cuenta una vez acabados los cruceros, pero eso es tema de otro artículo. Solamente adelanto que desde este verano existe la posibilidad de disfrutar de un genial masaje tailandés en una pequeña cabaña dedicada a tal fin que ha montado un turista de Zagreb. Nosotros lo hicimos y fue el final más perfecto para un día completo por la isla.

El caso es que la pareja holandesa tenía muchas ganas de navegar y tampoco quiso gastar mucho tiempo en la isla, paseo rápido, bañito en su playa más bonita llamada “Sotorišće” (una de las pocas playas de arena de Croacia) y al barco de nuevo. Pero después de haber pasado unos días allí puedo deciros que en la isla se puede disfrutar de muchas playas vírgenes, alejadas del pueblo, que merecen la pena. Caminando solo 30 minutos por uno de sus senderos puedes encontrar pequeñas calas sólo para ti, donde, si te gusta, puedes hacer nudismo con la máxima intimidad.


Dejamos Silba y navegamos todo el día de vuelta a la isla de Lošinj, donde anclamos en una bahía vacía y en plena naturaleza. Tirarme al agua después de cenar y nadar con sólo la luz de la luna sobre mi y bajo un manto de estrellas, fue una decisión realmente buena.

De igual modo, despertar en una de estas bahías vírgenes con el único sonido de las cigarras es una experiencia de conexión con la naturaleza inexplicable. Despertar y, antes del desayuno, refrescarte dándote un baño y haciendo unos largos. ¡Eso despierta mucho más que el café!

Después de desayunar y volver a pasar un buen rato en el agua, zarpamos hasta nuestro próximo destino, la ciudad de Mali Lošinj, no sin hacer una parada en alta mar para volver a disfrutar del agua salada, comer, tomar un poquito el sol, y, sin más, relajarnos. La llegada por puerto a Mali Lošinj en la bahía de Augusta es un verdadero deleite, una de esas visiones que simplemente emocionan. Conforme te vas acercando, te dan la bienvenida las casas de antiguos marineros que bordean el puerto; casas de colores vivos, la mayoría de principios del siglo XIX, aunque el puerto data del siglo XIV. Ya había estado en esta localidad, pero pude disfrutarla de otro modo en esta ocasión al estar establecida en su puerto, situado en pleno casco antiguo.  

A la isla de Lošinj se la conoce como la isla del bienestar. El Imperio Austrohúngaro la declaró como un balneario climático en 1892, debido a las más de 1.000 especies terapéuticas y aromáticas de plantas que posee y a su aire puro. En esta época Lošinj se convirtió en el centro marítimo del Adriático, atrayendo a gran cantidad de aristócratas de la dinastía de los Habsburgo y más adelante también a la alta burguesía, quienes construyeron impresionantes villas de verano. Aún hoy en día la isla sigue atrayendo a viajeros y viajeras en busca de paz, equilibrio y bienestar. Para que os hagáis una idea, la localidad de Mali Lošinj tiene un núcleo urbano de 2.600 habitantes, pero en la misma isla existen otras importantes localidades, por lo que se trata de una isla mucho más habitada que el resto que visitamos.

Para cenar en Lošinj, una apuesta segura son los restaurantes “Corrado” y “Barracuda”. El primero está especializado en pescado y tiene precios altos, mientras que en el segundo los precios son más asequibles. Nosotros hemos estado en ambos, esa noche probamos el segundo y quedamos encantados. Después de la cena, el helado de chocolate negro más bueno que nunca he probado en la heladería artesanal “Moby Dick” y una copa en la terraza “Triton” escuchando música en directo.

El día siguiente desayunamos y navegamos hasta la hora de comer, cuando llegamos la isla de Susak, y donde pasamos el resto del día nadando, tomando el sol en el barco y disfrutando. En esta ocasión no visitamos la isla, permanecimos en el barco anclados en una de sus bahías, la familia eligió volver a dormir en la naturaleza y fue una genial decisión. Durante este día tuvimos la suerte de ver delfines, llevábamos toda la semana buscándolos, Mišel fue el primero en divisarlos y se acercó cuidadosamente con el barco. Estábamos extasiados, ¡fue la primera vez que vi delfines en el mar!

El siguiente día ya era viernes y debíamos dejar el barco en la marina de Pula a las 17h, el crucero había terminado y nos despedimos de nuestros nuevos amigos holandeses, a los que ojalá podamos visitar pronto en Ámsterdam.

RUTA DESDE SPLIT:

Sin descanso, el sábado nos dirigimos hacia la ACI Marina de Split y embarcamos en un velero Janneau 39i de 12 metros de eslora junto a unos amigos. Esta vez el crucero lo habíamos organizado nosotros y estábamos muy ilusionados de pasar una semana de vacaciones en el mar. Nos metimos en el velero de nuevo 7 personas, a pesar del tamaño mucho más reducido. He de decir que al principio noté la incomodidad del cambio, pero en seguida me acostumbré a lo que iba  a ser nuestra casa durante una semana, ¡es la magia del barco! Como dice siempre Mišel.

Durante esta semana no tuvimos tanta suerte con el clima, y tuvimos que cambiar la ruta en varias ocasiones huyendo de los vientos croatas Yugo y Bura y de la tormenta. Los fuertes vientos, sin embargo, nos permitieron navegar al máximo, y a nuestros dos amigos practicantes de kitesurf abrir sus kites y disfrutar de varias horas de adrenalina en el Adriático.

El primer día, domingo, abrimos velas y navegamos camino a la isla de Brač, donde pasamos la noche anclados en una bahía del nordeste, sólo acompañados de un par de barcos. La isla ha estado poblada desde miles de años. Se han encontrado vestigios del paleolítico además de restos de la cultura iliria. La isla tiene una superficie de 400 Km2 de extensión, siendo la más extensa de Croacia, y posee una población de 3,500 habitantes. Su playa más famosa es la llamada “Zlatni Rat”, pero a pesar de lo bonita que con seguridad es, decidimos evitarla porque no queríamos aglomeraciones, buscábamos la tranquilidad de las playas vírgenes que por suerte aún Croacia ofrece. Así, decidimos anclar en una de sus otras bahías y dormir en la naturaleza.


El lunes nos dirigimos hasta la isla de Hvar, que está al sur. Allí anclamos en una boya de ancla del restaurante “Konoba Arsenol”, donde cenamos. Es muy habitual en las islas croatas que los restaurantes permitan anclar en sus boyas a cambio de que vayas a cenar, y aunque la cena no sea barata, siempre vale la pena.

La isla de Hvar tiene 297 km2, es la más larga del Adriático. Hoy en día se ha convertido en una isla de moda, porque además de hermosas playas de arena blanca y bosques vírgenes, resulta que alberga la mayor zona de fiesta de la región. Cada verano recibe la visita de decenas de barcos de la “Yacht Week”, un festival que se realiza en forma de crucero y que reúne a miles de personas, sobre todo estadounidenses.

Durante este verano, debido a la crisis del Covid-19, la “Yacht week” no se ha celebrado, así que el ambiente estaba bastante tranquilo. Una vez anclados, fuimos a la costa con el dingui y allí nos esperaba un taxi que nos llevaría a la “fortaleza española”, llamada así porque fue construida por ingenieros españoles en el siglo XVI, durante el dominio veneciano. La parte más interesante de la visita son las siniestras mazmorras y la preciosa panorámica de la ciudad de Hvar y las islas Pakleni. Tomamos unas fotos y, antes de que atardeciera, bajamos la colina por un sendero que lleva hasta la ciudad, allí callejeamos hasta la hora de cenar admirando su bella arquitectura gótica y renacentista. La población de la ciudad alcanza los 4.000 habitantes y tiene una importante historia como centro de comercio y cultura en el Adriático. Sin duda, la visita a esta preciosa localidad es imprescindible.


Cuando dejamos Hvar al día siguiente hacía mucho viento, así que tuvimos que cambiar nuestro plan y, en lugar de dirigirnos a la isla de Vis, fuimos a refugiarnos en la isla  de Šolta. Allí simplemente nos relajamos en una de sus bahías y fuimos a cenar al restaurante “konoba Šešula”. Inesperadamente, allí disfrutamos de una de las mejores cenas del viaje. El filete de atún y el guisado de calamares no tuvieron desperdicio, ¡anotado para la próxima!

Por fin el viento había parado y pudimos poner rumbo a Vis, yo tenía muchas expectativas porque es una de las islas favoritas de Mišel y tenía muchas ganas de enseñármela; efectivamente, no me defraudó. Esta vez amarramos en el puerto, que está en pleno casco antiguo, y nada más salir del barco ya te encontrabas con las casitas y calles empedradas más bonitas del pueblo, aquí os enseño un ejemplo de la clásica fachada de Vis, enamorada de sus puertas rústicas y ventanas verdes quedé. Pasamos la tarde paseando, conociendo sus escondrijos (y sus gatos), descubriendo bares simpáticos, viendo el atardecer… y acabamos el día con una buena cena en el barco y unas copas en la terraza “Bajbi bar”, ¡un día maravilloso!


Sobre la isla de Vis, os cuento que debido a su posición estratégica en mitad del mar Adriático, fue conquistada múltiples veces desde el neolítico. En 1945 se utilizó como base militar de la antigua Yugoslavia, por lo que la isla fue incomunicada con el exterior hasta 1989. El mariscal Tito estableció su cuartel general en el punto más alto y desde allí se tomaban las decisiones políticas más importantes. La siguiente mañana visitamos alguno de estos lugares militares de alto secreto como el túnel submarino. Se trata de una isla preciosa con una historia muy interesante, dejamos pendiente el quedarnos una semana entera y recorrer todos sus rincones, ¿quizá el año que viene?

Desde Vis, navegamos hasta las islas Pakleni, que he comentado anteriormente que se divisaban desde la fortaleza española de Hvar, ya haciendo camino de vuelta hasta Split. La civilización griega nombró estas islas como las Pakleni por la gran abundancia de paklina, una especie de resina natural que se obtiene de los árboles y que servía para barnizar los cascos de las embarcaciones. Anclamos en una bahía natural y fuimos hasta la costa para ver el atardecer desde una de sus colinas. No son muy altas, en unos 30 minutos estábamos arriba y desde allí visionamos un mágico atardecer. Con el dron pudimos tomar estas imagen que os muestro, pura magia.



Para volver al barco ya era de noche, y en seguida vimos que en el mar había bioluminiscencia. Este momento fue totalmente fantástico, algunos de nuestros amigos y amigas eligieron nadar hasta el barco, el resto volvimos con el dingui y nos bañamos cerca del mismo para poder verla. Fue increíble, había escuchado algunas historias y siempre había querido vivir la experiencia de nadar con biolumniscencia, pero nunca pude imaginar que fuera tan fascinante. Había miles de organismos iluminándose con el movimiento de nuestro cuerpo, parecía sencillamente que del mismo salían chispas, como si de una bengala se tratase. Uno de nuestro amigos dijo algo así como que “todo el mundo quiere ver las estrellas, pero esto es mucho más mágico”. Lo comparto, este momento fue todo un regalo.

El día siguiente ya era viernes, nos habían permitido dejar el barco el sábado, por lo que aún pasaríamos una última noche anclados. Pasamos el día navegando de vuelta, entre baño y baño, y fuimos a pasar la noche de nuevo a la isla de Brac, concretamente al pueblo de Milna. Este pueblo no llega a los 1.000 habitantes y tiene algunos restaurantes interesantes; nosotros fuimos al “konoba Vala peka” y, por supuesto, nos pedimos una peka, esta vez de carne. La comida fue exquisita, una vez terminamos no había mucho más que hacer en el pueblo, por lo que volvimos a la bahía dando un paseo, había sido la última cena juntos y, además de buena, fue realmente divertida; un gran final para un crucero extraordinario.


El sábado nos dirigimos a la marina de Split, dejamos el velero, nuestro querido “Orsula” y nos despedimos de nuestros amigos. Estas dos semanas de crucero pasaron realmente rápido, el tiempo vuela cuando vas en barco, ¡he podido descubrir! Seguiré conociendo el resto de islas croatas, ¡y os prometo que os contaré todo! Además, os animo a que probéis la experiencia, en la web de Croacia a vela podéis investigar un poco más sobre rutas y precios, espero que hayáis disfrutado leyendo la historia.

¡Un abrazo!

*Gracias a Kevin y Samuel Dalferth por sus increíbles fotografías.


Comentarios

Entradas populares de este blog

9 días en Jordania por libre: tu viaje por menos de 600 € y sin privarte de nada.